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900 soldados húngaros apuran la construcción de un muro para evitar la entrada de inmigrantes

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Hungría no es demasiado original en su política migratoria de raíces medievales. Apura el levantamiento de un muro contra los extranjeros que pretenden ingresar desde Serbia. No es la primera nación que tapiará su frontera y acaso no será la última.

Limita con siete países, pero el problema que tiene está al sudoeste, en los 175 kilómetros que comparte con su vecina. Por ahí ingresaron y pidieron asilo –según estadísticas inmanejables– unas 32 mil personas en el primer trimestre de este año. La drástica medida de construir una pared de cuatro metros de alto acompaña a otras de corte bien chauvinista.

El gobierno del derechista Viktor Orban ya había enviado cuestionarios sesgados a sus ciudadanos donde asociaba a la inmigración con el terrorismo y también lanzó una campaña con carteles que decían: “Si vienes a Hungría, no te quedes con los trabajos de los húngaros”.

La tarea de construir la muralla fue requerida a novecientos soldados y estará finalizada en diciembre, según autoridades del Fidesz, el partido que gobierna. El ensamblado de los bloques que permitirán vallar la frontera con Serbia lo hacen reclusos de las prisiones húngaras.

Una paradoja: con su trabajo, ellos encerrarán el futuro de migrantes que llegan desde países como Siria, Afganistán, Irak, pero también desde la propia Serbia, el territorio de Kosovo (son la mayoría) y otras naciones del este de Europa.

El ministro de Defensa magiar, Csaba Hende, declaró que “las fuerzas de defensa húngaras están listas para finalizar la tarea” que ya comenzó en simultáneo en diez o doce lugares de la frontera. En Szeged, una ciudad universitaria y la tercera más grande del país que está muy próxima a Serbia, hay habitantes que se quejan de los inmigrantes, pero también otros que los ayudan.
A la defensa del muro que hizo el gobierno de Hungría, el primer ministro serbio, Aleksandar Vucic, respondió: “Construir muros no es la solución. Serbia no puede ser responsable de la situación creada por los migrantes, sólo somos un país de tránsito”.

El país balcánico integra un corredor por el cual intentan ingresar a la Unión Europea decenas de miles de refugiados que escapan de las guerras, el terrorismo o las hambrunas en Medio Oriente. Pero igual que Hungría, no es un país de tránsito, como dice Vucic.

Este año Belgrado recibió 31.500 solicitudes de asilo provenientes en su mayoría de sirios y afganos. Según Amnistía Internacional, el gobierno de Budapest casi duplicó esa cifra en el primer semestre de 2015. Llegó a 60.000, un 40 por ciento más que en 2014.

Los números que maneja el ministro del Interior húngaro, Sandor Pinter, son aún mayores: llegan hasta 81.300 los inmigrantes. Hace tres o cuatro años no se superaban los tres mil pedidos de ingreso.

En cualquier caso, el problema en la región es estructural, más allá de que estén en juego cifras contradictorias. Citada por la agencia EFE, la representante para Europa Central de Acnur, Montserrat Feixas Vihé, dijo que la actual ola de refugiados es un problema global y que “a Europa sólo llega el 10 por ciento de todos los desplazados mundiales”.

La ONU ya había cuestionado la decisión del primer ministro Orban de levantar el muro. El relator especial sobre los derechos de los inmigrantes, François Crépeau, la definió como “respuesta nacionalista y populista” y “muy desafortunada”.

Fuentes locales como Péter Krekó, especialista en los movimientos de ultraderecha del think tank Political Capital de Budapest, atribuyen la idea del muro en “un 90 por ciento a razones de política interna”.

Un motivo puede ser cierta caída en la popularidad del gobierno. Orban perdió la supermayoría de dos tercios que tenía en el Congreso hasta febrero pasado y que le daba un poder discrecional para sacar leyes sin respaldo de ningún partido opositor.

Su candidato para ocupar un escaño clave en el Parlamento, Lajos Némedi, del Fidesz, fue derrotado por el independiente Zoltán Kész, apoyado por varios partidos de izquierda.

Hungría ocupa hoy el segundo lugar en pedidos de asilo dentro de la Unión Europea, sólo por detrás de Alemania. Tiene cerca de 10 millones de habitantes (el censo de 2013 arrojó 9,897 millones) y pertenece al espacio chengen, que suprime las fronteras europeas para los miembros de la UE desde 1995. En la práctica, funciona en términos migratorios como un solo país.

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